Biblioteca escolar

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miércoles, 4 de diciembre de 2013

SIMENON Y MAIGRET



Dentro de la llamada novela negra, uno de los nombres destacados es sin duda Georges Simenon, prolífico escritor belga (aunque los franceses hayan intentado apropiárselo), autor de unas quinientas obras (no exclusivamente policíacas), y padre literario del comisario Maigret.
            Las casi ochenta novelas en las que aparece este comisario jefe de la policía judicial francesa, no tienen nada que ver con las historias que popularizaron Gaston Leroux, Conan Doyle o Agatha Christie. En ellas no vamos a encontrar esas fantasiosas escenas, en las que los sospechosos se reúnen dócilmente en la biblioteca para que el sagaz detective de turno desvele quién ha sido el asesino. Las investigaciones de Maigret son, desde el punto de vista policial, realistas, y sus resultados son el fruto de fatigosos interrogatorios y de “empaparse” en el ambiente de la víctima, algo que el comisario considera imprescindible para intentar desentrañar qué llevó a la comisión del crimen.
            Las características del protagonista tampoco son espectaculares: su edad oscila según la novela entre cuarenta y sesenta años, huraño, con sobrepeso (pese a las recomendaciones de su médico y amigo personal, el doctor Pardon), fumador empedernido en pipa, amante de la comida tradicional, de la cerveza y del calvados (tal vez de un grog cuando el frío aprieta, frío que combate además con su eterna gabardina), y fiel esposo de la apacible señora Maigret, quien siempre le estará esperando en su casa del bulevar Richard-Lenoir, pese a que muchas veces reciba una llamada anunciando que “esta noche tampoco iré a cenar”. Su nombre de pila es Jules, pero todo el mundo se refiere a él por el apellido, incluyendo su esposa.
             Las novelas no siguen una línea temporal, pues mientras que en una se encuentra a punto de jubilarse, haciendo planes para la casita de campo a la que se retirará, en la siguiente lleva poco tiempo en la policía judicial, e incluso llegamos a conocerlo cuando es un simple “flic” que hace sus rondas en bicicleta (La primera investigación de Maigret).
            También resulta curioso cómo en los relatos se atraviesa en ocasiones la “pared” de la ficción, y así podemos encontrarnos al comisario yendo al cine con su esposa para ver una película basada en sus investigaciones –se rodaron bastantes y con diversos actores, aunque para la mayoría la imagen del comisario quedará identificada para siempre con la de Jean Gabin–. O en Las memorias de Maigret, su superior le pide que reciba a un periodista llamado Georges Sim –el “nom de plume” que utilizaba Simenon en sus años de joven reportero de sucesos– para que le hable de sus casos más famosos, y de quien finalmente recibirá un libro firmado ya con el nombre real del escritor.
            Aunque sus novelas se ambientan en diferentes ciudades e incluso países (siguiendo los pasos del autor, viajero infatigable), quizá sus obras más celebradas sean las que se ambientan en París, pues en ellas es donde encontramos al comisario en su hábitat natural: su despacho en el Quai des Orfèvres, edificio que comparte con el Palacio de Justicia, lo que fomenta los ya de por sí inevitables roces entre policías y jueces, la repisa con su colección de pipas, la antesala siempre llena de personas que desean ser recibidos por él, la estufa que alimentará en el gélido invierno parisino y las ventanas que abrirá en época estival, el despacho contiguo de sus fieles inspectores (Janvier, Lucas, “el joven” Lapointe o “el gordo” Torrance) y, no nos podemos olvidar, la Brasserie Dauphine, a la que se acudirá para pedirles que suban una bandeja con cervezas y bocadillos cada vez que los interrogatorios se prevén largos.
            La primera novela de Maigret se publicó en 1931 (La muerte del señor Gallet), mientras que la última se entregó en 1972 (Maigret y Monsieur Charles). El año más fecundo fue precisamente 1931, cuando se publicaron una decena de libros, entre ellos el más violento, Pietr el letón o La muerte ronda a Maigret –que con ambos títulos ha aparecido en nuestro país–, en la que es asesinado “el gordo” Torrance, lo que no impedirá que “resucite” en novelas posteriores, debido a la mencionada no linealidad temporal de su obra.
             Esta fecundidad del autor se debe al metódico ritmo de trabajo que nos desvela su biógrafo, Pierre Assouline: ocho capítulos en ocho días, una pausa y tres días más para la revisión. En cualquier caso, las novelas de Maigret no son extensas, pues suelen ocupar unas cien páginas. Todas ellas han sido publicadas en nuestro país a precios muy asequibles, originalmente por Luis de Caralt y con  posterioridad por RBA, Orbis o Booket –un par de traducciones, por cierto, obra de Fernando Sánchez Dragó–, así que no hay excusa para que los amantes del género policíaco dejen de disfrutar de las obras de este excelente autor fallecido en 1989. 

SPF
  

1 comentario:

  1. No cabe duda de que los grandes clásicos del género policíaco son siempre una lectura acertada.Recuerdo tardes enteras enfrascado en la envolvente lectura de Un Hércules Poirot, un Sherlock Holmes o un Maigret con horas garantizadas de entretenimiento inteligente.Recomiendo su lectura en cualquier momento, no decepcionan para nada y G.Simenon es un coloso de la literatura de intriga que nadie debe olvidar.

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